La educación en el 2015
José Luis Cisneros* e Hilario Anguiano Luna**
El futuro de la educación
Recurrentemente hemos escuchado hablar del futuro, hoy
vivimos unaobsesión por tratar de entender como será el mañana, un mañana
plagadode una esencia modernizadora, que nos aterra por la incertidumbre de lo
queaparecerá en las próximas décadas, pero que, paradójicamente, nos
fascinatratar de entenderlo. Los recurrentes cambios, de los que hemos sido
testigos,nos han obligado a preguntarnos ¿Tendrá sentido seguir educando a
nuestrasgeneraciones jóvenes como lo hemos venido haciendo hasta el día de
hoy?¿Cómo será la educación del mañana? ¿Para qué educarlos?Todas estas
interrogantes aparecen ante un horizonte en el que el hombrese configura en un
mundo plagado de tecnología, cuyo panorama se encuentracubierto por claroscuros
y por un sinfín de problemas que han caracterizadola vida cotidiana de los
sujetos en las últimas décadas. Un panorama plagadopor el temor de que nadie
sea capaz de detener esta temeraria carrera haciala destrucción de nuestra
propia especie.
Sabemos mucho, es verdad, y hasta podría decirse
que muchísimosi comparamos los adelantos de este siglo con la información dela
que se disponía en cualquier otro momento de la historia y, sinembargo, no
hemos mejorado en nuestra dimensión ética; másbien parecería que el ser humano
se encuentra más desorientadoy más confundido que antes.
Fernando Savater
Hoy, los adultos de mañana ya están aquí, adultos que, a
diferencia de los deayer, no han crecido bajo la amenaza de una sombra atómica,
pero se cobijanbajo la imagen de un mundo capaz de destruirse a sí mismo por el
avancede sus propios conocimientos, por el ocaso de los beneficios obtenidos
conel desarrollo tecnológico, por la polución de sus referentes valorativos,
porla ausencia de utopías, por las nuevas manifestaciones de violencia, por
ladegradación del campo y por la saturación de las grandes urbes que rompentodo
equilibrio posible con su propio medio.
Las primeras generaciones del mañana ya se educaron en un
ambienteconstante de fracturas, son generaciones a las que les da lo mismo el
ayer, queel hoy o el mañana. Son generaciones cuyas expectativas no están
claras, pues elmercado de trabajo se encuentra cada vez más restringido; generaciones
queno tienen claro cuál es el sentido de asistir a un centro escolar cuyo valor
noles retribuye las expectativas que éste les ofrece.
Sin embargo, la escuela continúa aferrándose al mito de
los éxitos delejemplo; un ejemplo que día con día se desvanece al no conseguir
sus propósitos,porque ésta, se ha empeñado en continuar, en ser una simple
transmisora deinformación y no de producción de conocimientos.
Esto, sin duda, nos ponefrente al dilema de ¿cómo deberá
ser la educación del mañana?Sí, aún continuamos ejerciendo viejas prácticas,
ancladas en el autoritarismoy en un pragmatismo, que devela una baja calidad de
conocimientos que nooperan para explicarse los profundos y constantes cambios
que aparecen acada puesta del sol.
Una educación que ya no está centrada en la cosmovisiónde
un mundo cuya epopeya se anclaba en la grandeza de la humanidad.¿Tendrá sentido
seguir educando a nuestras jóvenes generaciones como lohemos venido haciendo
hasta el día de hoy?Cómo pensar la educación del mañana cuando las generaciones
de hoy hansido educadas en la pedagogía de la intolerancia, en la enseñanza sin
límites.
Aún cuando la cobertura de la escuela sea hoy más amplia,
en comparacióncon sólo algunos años atrás, ésta continúa teniendo el monopolio
del saberdominante. A pesar de ello, se tiene una desconfianza radical de sus
efectos.La educación de hoy se ha ganado estos atributos, en parte por la
llegadade la modernidad tecnológica, cuyos artefactos han vulnerado el
espíritucrítico y creativo de los jóvenes, cuestionando los viejos
conocimientos de los“sacerdotes” del saber.
Esta percepción que hoy muchos tienen de la escuela, se
debe a que, enparte, hemos sido cómplices de sus acciones; hemos construido
nuestraspropias trampas y hemos evitado su desenmascaramiento,
arrinconándonosen la ignorancia y en la pasividad de unos y otros. No hemos
fomentado lalectura y la sensibilidad, hemos matado la imaginación y anulado el
aprendizajecultural de nuestra vida cotidiana.
Hemos aplaudido la retórica de nuestras experiencias
pasadas, sin pensaren que el pasado quedó atrapado en el correlato de la
ausencia de una prácticade la lectura; ello es, quizá, una de las causas que ha
motivado la incredulidaden la escuela.
Las generaciones de hoy parecen tener más información que
la que puedenposeer muchos de sus profesores, son generaciones que nacieron del
Nintendoy se educaron en las superautopistas del ciberespacio,
generaciones de lossuperordenadores, de los microchips. Son
generaciones que han reorientadolos límites de la socialización y la
creatividad desde la multimedia; al extremode que, muchas de ellas, tejen sus redes de
amistades y noviazgo desde lalínea, e incluso, el colmo es que cada
vez es más común escuchar que muchosjóvenes hacen el amor por la red.Vivimos
un mundo en el que prevalece el cambio, en el que somosposeedores de todo y
tenedores de nada; un mundo en el que las costumbresse redefinieron y las
formas de interacción social han cambiado profundamente;ello trajo consigo un
cambio moral que, hace apenas unas cuantas décadas, eraimpensable.Se trata de
un nuevo mundo, en el que las nuevas generaciones estánfamiliarizadas con los
medios de comunicación digitalizados y expresadoen formas tridimensionales, que
han logrado relativizar el tiempo, con locual, cualquier objeto o lugar está
potencialmente disponible en cualquiermomento; es decir, que mediante “The
Web”, hemos creado una especie demetalenguaje.
Son generaciones, a diferencia de las nuestras, que
fuimos educados en lacerteza de reproducir en el futuro los patrones basados en
las experienciade los adultos, chocan con lo caótico de la nuevas
circunstancias; songeneraciones que han sido educadas en la inseguridad, en la
inestabilidad,en los constantes cambios. Por ello, la escuela no sabe cómo
actuar frentea estas actitudes.
Los educadores de hoy no sabemos como actuar frente a
estasgeneraciones, en parte porque —como decíamos— el mito de la educación
sesustentó en un camino hacia el “progreso”, orientación que aún es
sostenidapor muchas políticas estatales. Ello permitió una gran movilización de
lasnuevas generaciones para exigir su derecho a la educación; sin embargo,esta
concepción —junto a las radicales transformaciones de acceso a latecnología— ha
puesto en entredicho tales juicios, evidenciando sus falsasexpectativas y
propiciando frustración y tensión social, entre los egresadosde la escuela.
Esta tensión se expresa en la saturación y crecimiento
desmedido de lasmatrículas escolares, particularmente en ciertas profesiones;
por ejemplo,según datos de INEGI, en nuestro país, de 1970 a 1995 las
universidadesprivadas registraron un incremento en su número de 1 000%,
mientras que lasuniversidades públicas aumentaron en 325%. Ello implica un
crecimiento dela población estudiantil, que en 1970 era de 210 mil alumnos, a 1
millón 612mil en 1998, sobreofertando su profesión en el mercado de trabajo; es
decir,saturando la oferta, en un mercado que ofrece poca demanda; lo que
implica,también, hablar de la impartición de 1 100 licenciaturas.
De esta población de 1 millón 612 mil alumnos, un alto
porcentaje continúaprefiriendo estudiar en las áreas de las Ciencias Sociales y
las Administrativas;en contraste, las Ciencias Naturales y las Exactas
continúan teniendo una bajademanda.
Comentario: Si así son los nuevos estudiantes y
siempre se ha dicho y se dirá, la educación del futuro, por qué a lo largo de
la historia ha tenido enormes cambios
que han transformado enormemente a la educación en México y el mundo, y
seguiremos diciendo de generación en generación, pues el mundo cambia… Edith Rebollar Zarco
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